Story Time Parte 1 / Crear desde la visión: El Comienzo de The Stockroom
- Asdisde Ruíz Rabelo

- 28 jul 2025
- 4 Min. de lectura
Son pocas las veces que he compartido cómo comenzó todo: de dónde surgieron las ideas, cómo fueron tomando forma y cómo siguen evolucionando constantemente. Hoy siento que es un buen momento para contar cómo, dónde y cuándo esa visión —que durante mucho tiempo existió solo en mi mente— logró materializarse. Se viene largo, por eso lo dividiré en 2 partes.
Desde niña siempre me llamaron la atención los juegos y juguetes relacionados con los negocios. Vender, intercambiar, negociar, analizar y tomar riesgos. Eso de correr sin parar o jugar fútbol nunca fue lo mío.
Mi papá, un buzo retirado de la Marina, se dedicó después a las ventas y, con el tiempo, fundó su propio negocio durante el boom del TLC. El Collarín era una refaccionaria enfocada en suministrar cualquier pieza automotriz proveniente de Estados Unidos. Todas las tardes, mi mamá nos llevaba a mi hermano y a mí a acompañarlos al trabajo. Ahí jugábamos entre el inventario y los anaqueles, mientras observábamos cómo funcionaba todo desde dentro.
Vi cientos de veces a mi papá atender el negocio personalmente, e incluso salir a la calle a tomar pedidos. Fue de los primeros en ofrecer ese tipo de servicio, y recuerdo cómo la gente hacía fila para poder comprar.
Vender siempre fue algo natural para mí. Podría decir que lo heredé y no, jamás he conocido a un mejor vendedor que mi Papá. Sin proponérselo, me transmitió ese espíritu emprendedor a través de las muchas ideas que compartía conmigo —algunas funcionaban, otras no—. Comencé a vender a los 11 años como un juego para ganar mi propio dinero: joyería, dulces, ropa, zapatos… Nunca imaginé que ahí comenzaría una carrera comercial que hoy está por cumplir 32 años.
En las idas y venidas de la vida, en 2016 la industria de la construcción me abrió las puertas. Después de varios años en el canal retail, en compañias como Bonafont & Nestlé, este nuevo mundo era completamente desconocido para mí.
—¿Qué es un fluxómetro? —pregunté en mi primera capacitación de marca dentro de una planta de griferia. .Una pregunta que hoy me parece ingenua (incluso tonta), pero que en ese momento era completamente válida para mi.
Y me enamoré por completo.
Entre tuberías, adhesivos, pisos, grifería y un sinfín de materiales, esta industria me atrapó y, más aún, me ayudó a creer mas en mí misma. Aprendí a no sentirme intimidada por querer entenderlo todo, a tener confianza en las personas que me enseñaban y que me decian que seria capaz de aplicar este nuevo conocimiento en una industria tan nueva para mi.
Aunque es un sector duro —especialmente para una mujer—, nunca sentí que por serlo tuviera menos oportunidades o menos capacidad. Me propuse hablar el mismo idioma y para lograrlo, me esforcé al máximo: capacitaciones, diplomados, libros, horas de estudio… todo sumaba para especializarme cada vez más y si, aún siento que falta todavia mucho por aprender.

Por ahi de 2019 comencé a darle vueltas a la idea de fundar mi propio emprendimiento. ¿Porqué los clientes en este lugar tan especial del país, con todos los desafíos logisticos que enfrenta, con la gran demanda que necesita atender, no pueden tener verdadero acceso a esos materiales y servicios que quieren ver materializados en sus proyectos? - ¿Porqué a muchas cosas se les dice simplemente: NO? ¿Y si pudiera atender ese sector que busca tiles y materiales personalizados que vieron en una expo en Europa o en EU, y traerlos a Baja? - .
Pero, como a muchos nos pasó, la pandemia vino a enseñarnos que incluso nuestros mejores planes pueden desvanecerse de un día para otro. Bastó una cuarentena y un mundo patas arriba para recordarnos lo verdaderamente importante: la salud.
Como tantas otras personas, me quedé sin trabajo. Tuve que adaptarme y tomar las oportunidades que se presentaban hasta que, en noviembre de 2021, comencé a trabajar en la industria del tiempo compartido en un hotel en Cabo.
Cinco horas diarias hablando en un idioma que no era el mío —uno que conocía y manejaba, sí, pero no con la soltura necesaria para temas como inversión, retornos financieros o negociación— fue un verdadero reto. No es lo mismo charlar de temas cotidianos que intentar convencer a un completo desconocido de invertir 30, 40 o 50 mil dólares en hora y media, a cambio de un folder de documentos, una copa de vino espumoso y un buen apretón de manos.
Cada día volvía a casa agotada, pero no era un cansancio físico. Era la mente la que terminaba hecha trizas: pensar, traducir, procesar y hablar en otro idioma mientras trataba de vender algo intangible para el cliente.
Lo más difícil fue enfrentar el miedo cada vez que tomaba un tour. Recordar todos los pasos del proceso, seguir el guion para lograr un buen cierre… pero con el tiempo entendí que aquella experiencia transformó por completo mi forma de entender las ventas.
Fue como una bomba atómica que derribó todos los paradigmas que yo tenía sobre lo que significaba negociar.
Y ahí, justo ahí, fue cuando The Stockroom empezó a gestarse.Pero esa historia… se las cuento en la segunda parte.
¡Un abrazo y mil gracias por leerme!
Asdisde Ruiz Rabelo
CEO & Founder

































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